lunes, 18 de junio de 2007

Capitulo I. De cómo empiezan y suceden las cosas

Me llamo Cesar, y puedo decir con certeza que hoy sucedieron y sucederán cosas. A veces no suceden por espacios de tiempo prolongados, pero hoy sí. La fuerza de la mano izquierda ha vuelto, supongo. La de la derecha dudo que se vaya alguna vez, pero uno nunca sabe. Tengo la misma fuerza de siempre en ambas, también sé que no es más que antes, por lo menos no por ahora. Sin embargo sucedieron y sucederán cosas, lo siento en el aire y en la confusión con la que escribo.

Aprendí en estos días a levantarme al miedo y a mirarlo a los ojos. Aprendí a “hacer” que sucedan las cosas, a buscarlas. Aprendí a amanecer con el día como si de ello dependiera mi existencia. Igual, es así, pero uno trata de mermarle protagonismo a lo inexorable, a lo que se sale de estas manos unidas tratando de retener el tiempo que se filtra como agua por entre los dedos.

Cuando uno se levanta al miedo aprende también a levantarse al asombro, porque tras cada respiración vital de temor, de desesperación, la fascinación por el final inminente es fuerte, por la fragilidad que sostiene el fiel de la balanza en medio, la maravilla te mira a los ojos por entre el miedo, te mira como parte del miedo, pero al mismo tiempo funciona como algo que te rescata de las sombras, una pequeña rendija en la celda.

No hay hilo aquí, no digo que pasa o qué pasó… un viaje, un accidente… una incapacitación prolongada en el extranjero en un hospital tan poco mío, una enfermera amable que cuando supo que no tenía quien cuidase de mí –según ella por mi vida de turista en el extranjero, según yo por física incapacidad- fue personalmente a mi departamento temporal por un par de pijamas, mi cepillo, mi desodorante y tres libros que encontró en la mesita de luz.

Continúo. No hay pretensiones en esto, y esto implica que el miedo está y no lo puedo negar. Si no estuviera simplemente escribiría tranquilo y no nombraría la sombra, pero está ahí. No nombrarla no la hará desaparecer.

Entran y salen pensamientos de manera casi aleatoria. Sobretodo entran. Esto que alcanzo a hablar de a pocos, a escribir de a pocos, es realmente una parte ínfima. Johnny, El Perseguidor, lo sabía. El tiempo se pliega sobre sí mismo de manera asombrosa, así que no es nuevo eso tampoco.

Parece que pasaron siglos desde el choque y la amistad con Fiorella, la enfermera. Parecen siglos porque simplemente hay que añadirle la distancia entre el Centro de Atención Intermedia del barrio Boedo hasta esta cabaña de campo en La Calera, Bogotá. Pero las distancias se atenúan si pensás que no vale la pena recordar a la enfermera por más complacencias a escondidas de por medio que hubiera, en contra de la prescripción medica de evitar esfuerzos.

3 comentarios:

Tomás Corredor dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Tomás Corredor dijo...

En la misma casa de La Calera empecé, como un ejercicio consciente, mi primer proceso de escritura y con Bosque de pinos lo comparti casi simultaneamente a este...
Hoy tres años después, comienzo a repasar estas páginas de las que algunas palabras algún día leí, para así, seguir siendo parte del "never ending" que comenzo por allá cuando el computador del que salen las cosas que suceden, era mio.
Ya comentaré sobre el texto, ahora no tengo más que decir, porque la carga del recuerdo, la realidad y la historia, que hoy en parte se parece a la mia, me tienen un poco saturada la cabeza... pienso primero, leo más después, hablo o mejor, escribo luego.
Un abrazo

Cesar Cacua dijo...

Fiorella... es todo un reto de nombre para convertirlo en una ella... había escrito algo de uns enfermera hace tiempo que atendía a un sr romano de la guerra y terrateniente. Ciertos personajes vuelven siempre como si quisieran ser finalmente no un personaje sino una persona. Sigo con los otros relatos.