lunes, 18 de junio de 2007

Capitulo III. De culpas literarias y tangueras

Todas las teorías que hay a mi alrededor sobre la relación espacio-temporal no son más que eso, teorías. Es absurdo, pero cierto, y eso tampoco es nuevo. Nada es nuevo, tampoco las historias de enfermeras -por eso no profundizo-, y por instantes miro la pantalla entre los parpadeos como queriendo encontrar la ruta que me lleve a la coherencia. Siempre desisto. Cansa un poco la filosofía barata, cansa. El problema y la ventaja en uno solo. La teorización sirve como catalizador. En medio de la marea anárquica de pensamientos siempre hay algo que rescatar, punto a favor. Luego viene la depuración, y uno se aburre barriendo de a pocos el texto, como queriendo que las cosas estén mejor dichas, como diciendo, “hay que pulir, hay que pulir”.

Releo… ¿Pulir? A la mierda la estética del hacedor-de-perfectos. Para mí el punto real, el meollo del asunto, está aquí, en la búsqueda, en el camino, en la ruta, en lo no-decantado, en lo no-terminado. No se cuenta una historia completa, las elipsis de las historias no llevan a nada concreto en el plano narrativo. Nada parece enlazar. Demasiados desvaríos, demasiados. El personaje se describe desde adentro, no desde afuera. Se describe desde lo que piensa de sus acciones, no desde sus acciones mismas. La relación con los demás se hace clara en su ausencia. No hay líneas temporales que respetar. No hay espacios precisos para nada, no hay “un lugar” para los textos dentro del libro, sino una infinidad de combinaciones que nacen de la misma ausencia de linealidad. Así es como sucede, y faltan cosas, y hay agujeros, y alguien empieza a odiar a otro sin una aparente razón, y puede que luego lo sepamos y puede que no pero la verdad es que lo importante ahí es el odio y no la razón. Literatura de vida, literatura anti-literatura. No destructiva, no anti… momento, suena agresivo. Así Piazzolla no era anti-tango, pero lo destruyó para darle de nuevo un significante, más allá de la comercialidad y la realidad de que hasta a Hitler le gustaba el tango… y cómo no, si era humano a pesar de... bueno, no sé. Sigo, lo que pienso está más relacionado con la anti-cultura, supongo, pero no mezclemos conceptos, tomémoslo con soda que si no, sabe a mierda.

Puedo crear perfectamente un texto de taller literario, una composición sobre la vaca para mañana y luego de final una novela (frase de Edgardo Lois durante una charla en Buenos Aires, copy right… de cuando en vez lo que haré será reconstruir pedazos de conversaciones con él sin tomar en cuenta quien dijo qué; no es facilismo, es falta de memoria).

Así mismo puedo perfectamente desvariar y toparme con la literatura en la sonrisa de una linda abogada en el bar Escobar Rosas una de esas noches de bienvenidas y aguardiente… es así, supongo.

La literatura de principio y fin, de orden, de planteamiento-nudo-desenlace, es totalmente valida si querés vender a amas de casa que aprendieron a leer para descifrar las etiquetas y las recetas que les dejó la abuela, la literatura de los hijos de esas madres que nunca tuvieron un libro en casa, esa la literatura que alguien pidió alguna vez en una librería de Buenos Aires con una sola necesidad, que no la hiciera pensar de más. Lindo, ¿no?

Y uno dice, bueno… este tipo vendió siete-millones-de-copias de ese librito nuevo, leámoslo. Y luego de la página quince querés un trago, no, necesitas un trago. Para mediados del libro te decís, “qué perdida de tiempo”, afortunadamente no lo compraste, te lo prestaron. Ese mismo día lo devolvés tras leer la última página. Literatura sin culpas para no culpables. Te pasás el libro entero asumiendo que la mala suerte del personaje es una cuestión mental y que esa grandísima cagada que hizo era necesaria, que hay que ser egoísta a veces. Y bueno, cerrás el libro siendo feliz. No hay que asumir el mundo. Es la ley. Y para cuando cruzás la calle simplemente no bajás la mirada porque el mendigo anciano no es tu culpa.

2 comentarios:

Cesar Cacua dijo...

Los dos, acciones y pensamientos sobre si mismo, son las bases de la persona, una parte es por asi decirlo un tema de facto y el otro un tema metafísico o moral.
La preferencia por uno u otro es ya cuestión de estilos. Hay tramas y personajes muy desde la psique que conectan mucho al lector (62/modelo para armar) pero por ejemplo El Padrino es un libro de acciones y cada personaje está tan bien definido que parece un guión.
Yo me quedé hace varios años experimentando esas construcciones. Habra que retomarlas.

Cesar Cacua dijo...

Aqui un ejemplo que me encanta, por su aproximación a una descripción no física sino casi espiritual lograda con puntadas, pequeños matices que te aterrizan muy bien en la persona de Paulina:

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Bioy Casares