sábado, 23 de junio de 2007

Capitulo V. De las elipsis y otras formas de locura

Otro momento, otra disposición. Pienso en atemporalidades como las que suceden en mis textos y teorizo de nuevo como quien no quiere la cosa.
Hablé con Gustavo, mucho, y en medio del dialogo de medio día y el semáforo en verde, la frase: los recuerdos se narran en presente… cierto, me digo, cierto. Luego lo olvido entre el vino y la comida italiana de no sé cuantas horas.

Sin embargo algo hace que salga ahora de nuevo mientras releo lo que escribí esta mañana. La línea temporal nunca me ha preocupado. En mis textos hay rupturas tan extremas que recaen bajo el manto de descaradas. Pero uno piensa, ¿está mal eso? No lo creo, me contesto indeciso al principio. Pero cada vez aparecen argumentos más validos que simplemente no pretendo anotar por puro respeto a los teóricos de verdad.

Uno puede creer que es necesaria la linealidad en la literatura para crear un hilo conductor lo suficientemente coherente que haga que la historia se sostenga sola. Sin embargo, más allá de la linealidad en el término más puro, están las nuevas teorías que amplían el universo literario en su forma narrativa. No es narrar en orden, es narrar de manera que la totalidad de la forma lleve a suponer la historia en su estado puro. Así las elipsis (esa palabra de nuevo) tienen un valor mucho más allá de la omisión de partes narrativas enteras a manera de solución o inconformidad con los sucesos omitibles, punto de fuga para quien poco la ha usado. Se convierten en sí mismas en un lenguaje alternativo que fundamenta una tendencia. No puedo hablar por eso de una técnica nueva. Solo es mirar bien en el cine y te das cuenta que es una soberana tontería hablar de la elipsis como elemento nuevo. Para mí lo nuevo no es precisamente el salto, la dispersión temporal. Lo nuevo está en la subjetividad de la forma, en la omisión de más elementos narrativos, incluso hasta el límite de los riesgos confusos, donde es el lector-espectador quien acomodará las piezas del rompecabezas de manera inconciente. Ahora, es una propuesta. No me juzguen si lo que hago no sale así.

Es necesario, ante todo, contar con un lector-espectador dispuesto a aceptar el choque, el atropello al que será sometido. Mirá, leéte esto, no, no está en orden, no, no te van a decir que pasó en ese lapso, no, no importa si no te lo dicen, imaginálo vos. Igual asusta un poco desde cualquier lado, yo sé… bueno, no lo leás, alguien más lo hará.

Releo… si, da susto, miedo, terror, cuco, espanto, pavura… imaginá que un día te toque omitir un aspecto importante de tu historia personal, y que no lo elijas al azar sino que sea una elección fundamentada en pro de la necesidad narrativa, por un bien exacto. ¿Será que encontrás un motivo para rescatarlo o incluso para omitirlo felizmente? Bueno, siempre lo hay, para eso no hay que hacerse joda…

En este momento podría omitir por ejemplo la llamada de Anna de hoy, pero seguramente no omitiría la de mañana. No hubo tal llamada hoy, y sin embargo nadie dice que si no la nombro no existe. En algún momento la huella de esa mujer aparecerá en el texto como un fantasma, bajo el humo y la luz del bar del centro, aún cuando no sepa cómo, porque simplemente no es más que un principio.

Si he evitado hasta el momento su nombre es solo por divagaciones extra, por pensar de más en las conversaciones con Edgardo y el cambio de altura que derivó en un soroche digno de un ascenso vertiginoso al K2.

1 comentario:

Cesar Cacua dijo...

La elipsis viene a ser un recurso tecnico, a veces atajo, a veces funciona para dejar algo detrás para permitirle mayor fuerza argumental mas adelante, en un momento oportuno del relato.
Pero a veces una elipsis cumple con alguna de las manifestaciones de un sueño (existe el sueño soñado, el sueño recordado y el sueño contado o relatado, cada uno con menos detalles, elipsis, que el anterior).